Cuando llegó don José, el cura, le entregué el encargo, saludé a Conchita con afectada indiferencia y me marché a la calle.
Durante mucho tiempo ya no pensé mas que en la muchacha y en hablar con ella.
Como en esta época había una policía al servicio del partido ultramontano, que entonces se llamaba del pabellón Marsan, y esta policía espiaba a los extranjeros tildados de liberales, me vi molestado con frecuencia por los agentes, que preguntaban en mi hotel quién era yo, qué hacía y qué personas venían a verme.
Seguía entregado a mis amores, luchando con el viejo cura del hotel de la Cometa, que hacía de don Bartolo con mi Rosina y quería guardarla en un rincón obscuro, cuando un día me encontré con una invitación para ir a un baile de la Embajada Española.
Me chocó la invitación y pensé en no ir, cuando al día siguiente recibí una carta en la que me decían:
«Mañana por la noche, en el baile de la Embajada Española, se reunirán los suyos. El punto de cita será el tercer balcón a la derecha, entrando en la gran sala. La hora, las doce.
X.»
El aviso me sorprendió. Aquello de que se reunirían los míos había picado mi curiosidad. Decidido, después de cenar me vestí de etiqueta, tomé un coche y fuí a la Embajada.
No recuerdo quién era nuestro embajador por entonces; me figuro que era el duque del Parque, un señor un tanto fatuo y muy entusiasta de las ideas liberales, que en tiempo de la segunda época constitucional gustaba de que no le llamaran duque, sino el ciudadano Cañas, pues éste era su apellido, y que peroró en Madrid, en el club que se llamaba la Cruz de Malta.
No recuerdo bien, como digo, si en esta época era el embajador el duque del Parque o el de San Carlos.