—¿Conoce usted aquí algún español?
—A varios. Además, yo lo soy. Pero observo, máscara, que no sigues las reglas del Carnaval. En estos días las máscaras hablan de tú.
—¿De manera que es usted español?—preguntó ella sin hacer caso de mi observación.
—Sí. Pero dispénsame ahora; tengo una cita.
Y, soltando el brazo de la máscara, me metí entre la gente, fuí al tercer balcón que me habían señalado, y quedé de pie junto a los cristales.
Al poco rato se acercó a mí un joven seco, delgado, vestido a la moda, con una levita larga de color azul, pantalón de nanquín, zapato bajo y media de seda blanca.
Quedé mirando atentamente a aquel joven. Yo le conocía; pero, ¿de dónde?
—Ha sido usted puntual a la cita, señor barón—me dijo.
—Ya ve usted.