—Me mira usted sorprendido. Parece que está usted preocupado.
—Sí, lo estoy, caballero—le contesté—. Estoy preocupado, pensando que le conozco a usted, y no sé dónde.
—Es posible; yo no recuerdo.
—¿Quiere usted decirme su nombre?
—A otro no se lo diría—me contestó él—. A usted, sí. Me llamo Eugenio de Aviraneta.
—No; pues no me dice nada el nombre... Sin embargo, yo le recuerdo a usted. ¿Usted no ha usado nunca otro apellido de carácter también vasco?
—Sí; en tiempo de la guerra de la Independencia me llamaban Echegaray.
—¿Y estuvo usted una vez en Valladolid con un amigo y un militar francés?
—Sí.
—De ahí lo recuerdo a usted. Yo era entonces subprefecto de Valladolid. Usted era guerrillero, ¿verdad?