—Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco francos para que fuera a avisar a esa señora.
—Yo mismo iré—dijo el tabernero.
—Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga aquí con usted y que me espere unos minutos, porque mientrastanto yo voy a hacer otro recado.
Le di al tabernero los francos prometidos, salí de la taberna y me metí en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero juntos, entré en el hotel de la Cometa y subí las escaleras hasta el cuarto de Conchita. Llamé.
—¿Eres tú?—me dijo ella.
—Sí.
—Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la llave. Yo no sé cómo abrirla.
Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por la rendija de la puerta; pero no era posible abrir.
—¿No tienes algún cuchillo grande o alguna otra cosa para correr la lengüeta de la cerradura?—dije a Conchita—. ¡A ver, ensaya!
Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió nada.