—No, no.
Se había convencido de que el asunto que tratábamos era serio y me dijo que iría a mi casa.
—Yo te acompañaré.
Advertí al librero que dijera a mis amigos que tardaría una hora en volver.
Yo vivía al otro lado del río, pero cerca de allí, en la calle de Richelieu.
Tomamos el coche y fuimos Conchita y yo a casa.
IV
LA REUNIÓN EN LA LIBRERÍA
Una hora después me hallaba de nuevo en la librería de Eymery. Hacía tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la trastienda, un cuarto un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y con las cuatro paredes cubiertas de libros.