—¿No?
—No.
—Pues, mira, ven conmigo. Les diré a mis amigos que eres mi mujer.
Saqué la cabeza por la ventanilla y le dije al cochero:
—Vaya usted a la calle de Mazarino. De prisa.
El caballo comenzó a trotar y unos minutos después de las cuatro estábamos en la calle de Mazarino, enfrente de la librería de Eymery.
Esta librería era una tiendecilla negra con un fondo obscuro. Estaba al lado de una mercería en cuyo estrecho escaparate había un mono disecado con camisa y puños, y un letrero en el pecho donde se leía: «Jean». Después me enteré que este mono «Jean» con su camisa era un jeroglífico o chiste del dueño de la tienda. Cualquiera, al verlo, decía: Au singe Jean en batiste (al mono Juan en batista), y la tienda se llamaba Au Saint Jean-Baptiste (al San Juan Bautista), palabras que en francés se pronuncian de una manera algo parecida.
Entré en la librería, expliqué al librero a lo que iba, y me dijo que no habían llegado mas que los habituales, don Juan Antonio Llorente y don Miguel José de Azanza, que estaban hablando.
—Si quieres, entra—le dije a Conchita.