—¿Qué número es?

—El 23.

Bajé las escaleras hasta el portal, esperé un momento a que no pasara nadie, cogí la llave y entré en el cuarto del cura. Después abrí el cortaplumas y desgarré de arriba abajo el tabique o biombo que separaba un cuarto de otro. Conchita saltó de su habitación a mis brazos. Salimos del cuarto del clérigo, lo cerramos, y, ella cubierta con un velo negro y yo detrás, avanzamos hasta el coche que esperaba, y montamos en él.

Eran las cuatro menos cuarto. Yo tenía que estar a las cuatro en la librería de Eymery.

—Tendremos que separarnos—le dije a Conchita.

—¿Por qué?

—Porque yo tengo una cita a las cuatro con unos amigos.

—¿Tanta importancia les das a ellos para dejarme a mí sola, y hoy?

—Es que es una cita política. Estamos conspirando.

—No te creo.