Su sobrina, la señorita Magdalena Angennes, era muy delgada y esbelta. Tenía unos treinta años, vestía de negro y llevaba un collarín blanco. Parecía una abadesa. Según me dijo después madama Hocquard, mi patrona, unos amores desgraciados habían impulsado a esta señorita a entrar de novicia; pero, al poco tiempo, tuvo que salir del convento porque no le convenía la reclusión y comenzaba a estar enferma del estómago.

Ya de noche, me despedí de monsieur y madama de Montrever, y de Saint-Trivier, y de su sobrina Magdalena.

Esta me preguntó con interés si no había leído los libros del vizconde de Chateaubriand; le contesté que no, y prometió enviármelos.

Saludé a todos y salí del hotel. Atravesé de nuevo el patio de honor, húmedo y sombrío, acompañado del viejo criado con el paraguas; me metí en el coche solemne y me volví a casa.


IV
LA VIDA EN CHALON

Había en el depósito de Chalon un gran número de oficiales españoles, y, como en pueblo pequeño, nos veíamos a cada paso.

Nuestro punto de cita era un café, obscuro y ahumado, con un escaparate bajo, oculto por cortinillas blancas.

Se llamaba el café del Saona. Los compatriotas solíamos reunimos allí a fumar y a hablar de los asuntos de actualidad.