Algunos, los menos, desgraciadamente, éramos buenos españoles, católicos y realistas; pero la mayor parte, contagiados con las ideas revolucionarias, se jactaban de no tener creencias, insultaban atrozmente a Fernando y a la familia real y elogiaban a todas horas y con entusiasmo la Constitución de Cádiz.
Casi todos ellos habían ingresado en la masonería y en las sociedades secretas que se formaban en el ejército francés.
El número de los que se llamaban constitucionales aumentaba por día.
Varios no se contentaban con ser partidarios de la Constitución, sino que hablaban de la República y de que había que imitar a Danton, a Marat y a los demás monstruos de la Revolución Francesa.
Yo muchas veces pensaba: ¿Qué va a pasar en nuestro país cuando estos hombres vuelvan allá?
De los más señalados entre los militares españoles de ideas liberales que se hallaban en este depósito, eran el oficial asturiano Rafael del Riego, y los dos hermanos San Miguel, Evaristo y Santos.
Los constitucionales tenían más simpatías entre la guarnición francesa, y algunos estaban secretamente ayudados por la logia masónica de Chalon.
En cambio, nosotros, los realistas, éramos odiados y sufríamos la mala voluntad de nuestros guardianes.
Pronto las discusiones entre constitucionales y realistas se hicieron tan agrias y violentas, que muchos tuvimos que dejar de ir al café del Saona.
Los oficiales franceses que nos custodiaban nos trataban lo más severamente posible; nos obligaban a acudir a una, y a veces a dos listas diarias; no se nos permitía salir de noche, y solamente para dar un paseo fuera de las murallas había que pedir permiso, que no se nos concedía, o se nos concedía siete u ocho días después, cuando estaba lloviendo.