Algunos españoles, militares emigrados, vinieron a ofrecerse, presentándonos planes absurdos para hacer el movimiento. Hubo gente que encontró que era poca cosa destronar a Fernando VII y traer a Carlos IV, y que pensaba en la República. Tres militares y un abogado que vivían con el señor Bloumy en un hotel infecto de la calle del Dragón, se reunieron para escribir un proyecto de Constitución republicana, con tres cónsules y una Cámara, y nos mandaron el proyecto como diciendo: Ya está todo arreglado.
Aviraneta, que tenía de las cosas que le preocupaban ideas singulares, decía:
—¿Sabe usted lo que nos va a faltar?
—¿Qué?
—Disciplina en el ejército.
—Pero, hombre, eso es absurdo. Vale más que no haya disciplina para nosotros—le decía yo.
—Al revés. Valdría más que la hubiese. Con hombres que obedecen ciegamente se puede hacer una conspiración. Con indisciplinados, imposible. Ahí tiene usted el caso de Malet en el cuartel de Popincourt, que estuvo a punto de triunfar gracias a la disciplina. He estudiado ese complot. Estuvo muy bien preparado. Si fracasó fué por tener demasiadas complicaciones. En política hay que acercarse a la naturaleza. Mire usted el caso del Marquesito. Fué la indisciplina lo que le impidió triunfar. Si el general no arrastra a los oficiales, y los oficiales a los sargentos, estamos perdidos.
Aviraneta me hacía gracia; hablaba de conspiraciones como de un instrumento o de un aparato de relojería.
Decidimos todos los días cambiar de punto de cita para reunirnos, y al día siguiente estuvimos en el café de Corazza, donde supimos que acababa de ser preso Cugnet de Montarlot.
A la salida íbamos Aviraneta y yo por la calle de Rívoli cuando se me acercó un joven, delgadito, esbelto, envuelto en una capa. Me quedé mirándole con sorpresa y sin reconocerle.