—¿No me conoce usted?—me dijo.
—Ahora, sí—le contesté.
En el acento la había conocido. Era la italiana del baile, María Visconti. Al ver a Aviraneta, que se había apartado un poco de nosotros, me preguntó:
—¿Es un conspirador español?
—Sí. ¿Quiere usted que le presente?
—Bueno; con mucho gusto.
Les presenté, y fuimos los tres juntos un momento. Al llegar a la esquina de la calle de Richelieu la italiana me dijo:
—Antes de que se vaya avíseme usted, barón.
—Muy bien.
Se despidió la italiana gallardamente.