Uno de ellos era el teniente coronel don Francisco Colombo, que se hacía llamar en Bilbao don Fermín Urrutia.

Colombo era hombre alto, esbelto, de buen color; el pelo, con tupé a la inglesa; las patillas, cortas y rubias, con algunas canas, y la voz, clara y bien timbrada. Había servido a las órdenes de don Luis Lacy, en Galicia.

El otro caballero que iba con él confesó que era un oficial enviado por Mina para informarse de la situación. Se llamaba Téllez, y en Bilbao se había hecho pasar como comerciante americano.

Téllez no tenía el aspecto tranquilizador de Colombo, ni de Olavarría. Era alto, seco, pálido, bizco, con patillas muy negras y la boca desdeñosa y fruncida.

Discutimos lo que había que hacer. Téllez llevaba la pretensión de que se prescindiera de Renovales. Le dijimos que era imposible; la cosa estaba ya pactada entre él y nosotros; no se le podía descartar sin motivo.

Poco después se presentaron los dos masones bilbaínos Olalde y Rementería a decirnos que la viuda de Osabal había recibido un recado de Gordejuela, diciendo que Renovales nos esperaría por la noche en casa de un amigo en Portugalete.

Salimos del despacho de Olavarría y echamos a andar, en dos grupos, camino de las Arenas.

La noche estaba templada, húmeda, amenazando lluvia.

Antes de llegar a las primeras casas del pueblo, Olalde se detuvo y bajó las escaleras de un muelle. Nosotros hicimos lo mismo. Olalde saltó de barca en barca, hasta que al llegar a una dijo:

—En ésta vamos.