Desenrolló la vela, que hinchó el viento, y fuimos marchando en medio de la más completa obscuridad hasta la otra orilla.

Desembarcamos y, conducidos por Rementería, entramos en la casa en donde se encontraba Renovales. Subimos una escalera estrecha y pasamos a un cuarto iluminado con una lamparilla. Renovales se paseaba de un lado a otro, envuelto en un mantón de mujer.

Era don Mariano Renovales de pequeña estatura, color moreno, ojos obscuros, de mirada viva y penetrante, sombreados por cejas muy negras, muy pobladas y cerdosas. Tenía una gran cicatriz en el cuello y dos o tres señales de cuchilladas en la cara.

Al vernos a nosotros tiró el mantón encima de una silla. Estaba vestido como un aldeano: calzón de paño, chaleco y chaqueta rayada, con botones amarillos, y sombrero redondo de hule.

Saludamos a Renovales y él contestó a nuestro saludo de una manera un tanto fría y ceremoniosa.

Aviraneta expuso el plan trazado en París. Se organizarían, sobre todo en Madrid, las huestes constitucionales por el procedimiento del triángulo, formando una cadena de modo que cada uno conociera a sus dos eslabones, pero nada más. Cuando en Madrid se contara con gente se daría el grito de «¡Viva la Constitución!» y se proclamaría a Carlos IV, que estaba ya avisado.

El plan estratégico sería el siguiente: Renovales daría el primer grito y se lanzaría a ocupar Vizcaya y Gupúzcoa; Mina bajaría a Navarra, entrando por Valcarlos o por Vera; ocuparía Pamplona, se reuniría con el regimiento de San Marcial y llegaría a Zaragoza. Al mismo tiempo, Miláns, Lacy y Copóns, después de haber sublevado Cataluña, bajarían hacia el Ebro y, unidos con las fuerzas del Norte, se acercarían a Madrid, que se sublevaría con O'Donnell, Eroles y Sarsfield.

La cosa, presentada así, parecía factible; pero había muchos puntos obscuros que aclarar.

Renovales aceptó lo que se le dijo, mirándonos a todos nosotros con expresión fiera y bravía. Se le pidió que citara nombres de amigos de Madrid con los cuales se pudiera contar, y, paseando por el cuarto como un lobo en la jaula, dijo cincuenta o sesenta nombres.