Aviraneta dijo en la casa que era administrador de un ricachón de Soria, y que le era indispensable estar con frecuencia en el campo.

Añadió con sorna que había llevado a la patrona, de regalo, un queso comprado en la calle, y la buena señora quedó convencida de que era muchísimo mejor que los que se vendían en Madrid.

—¡Ay, don Ignacio!—parece que le solía decir—. ¡Qué queso nos ha traído usted!

Charlamos un rato y le pregunté a Eugenio:

—¿Cuándo nos veremos?

—Mañana iré por su casa de usted.

—¿Por la mañana?

—Sí; a las nueve.

Nos despedimos, y al día siguiente me había levantado y estaba esperándole, cuando la criada de la casa, una gallega cerril, entró y me dijo: