—Señorito.

—¿Qué hay?

—Que está aquí el barberu.

Yo no le había llamado al barbero, y me sorprendió. Iba a decirle que se fuera, cuando le veo entrar a Aviraneta, con una toalla bajo el brazo izquierdo, haciendo genuflexiones. Me dió una risa verdaderamente inextinguible. Aviraneta apenas había cambiado de traje, y, sin embargo, en aquel momento tenía un aire de barbero completo.

—Joven—dijo, recalcando las palabras como un madrileño y dirigiéndose a la criada gallega—, ¿quiere usted traer agua caliente?

La gallega trajo una jarra, y Aviraneta, cambiando de expresión, me dijo:

—Bueno, vamos a sacar los nombres de nuestra gente.

Busqué yo los tres libros: el de misa, el de poesías y la Guía de Forasteros, e hicimos la lista. Aviraneta traía una plantilla hecha en una hoja de papel, y se mandó esta plantilla a unas veinte personas de las que nos habían indicado Renovales, Olavarría y los demás.

Con la plantilla iba una carta que decía:

«¿Quiere usted entrar en nuestra Sociedad? Se le invita de parte de Renovales. Si acepta usted, mande usted su aceptación y debajo su número.»