Cada persona tendría un número. Como no convenía que todos contestaran a un mismo punto, pues podrían asombrarse en Correos de una correspondencia tan grande para uno solo, se indicó que unos enviaran sus contestaciones a un joyero, Cobianchi, paisano y recomendado de María Visconti, y otros al mayordomo del conde de Tilly.
Las primeras maniobras nuestras tuvieron gran éxito.
Había descontento entre los militares; el Gobierno tiraba contra todos los que tuvieran ideas liberales; los héroes de la Independencia estaban vejados.
Acababan de prender al general Villacampa, de enviarlo al castillo de Montjuich y de encerrarlo en un horrible calabozo.
El crimen que reprochaban a Villacampa era haber asistido a una comida que se dió en el café de Lorencini, de la Puerta del Sol, en compañía de algunos liberales; el haberse opuesto al final de la guerra a que la Regencia fuese sustituída por la infanta doña Carlota Joaquina, y el afirmar que derramaría su sangre por conservar la Constitución.
Entre las personas primeras a quien se solicitó, y que contestaron adhiriéndose, había héroes y traidores; estaban don Luis de Lacy, el fusilado en Bellver; don Enrique O'Donnell, conde de La Bisbal, el que fué a saludar a Fernando VII con dos cartas en el bolsillo, una muy liberal y otra muy realista, para leer una u otra, según el viento que soplara; el general de artillería don Manuel de Velasco, héroe del sitio de Zaragoza, que después de la segunda época constitucional, perseguido por los absolutistas, murió en 1824, en Cádiz, y fué enterrado por caridad como mendigo y con nombre supuesto; el general O'Donojú, que traicionó a España en Méjico en unión de Itúrbide; los oficiales Infante, Núñez de Arenas, Hezeta, Herrera, Dávila...
Estaban también Vicente Ramón Richart, que fué ahorcado y decapitado en Madrid; Salvador Manzanares, muerto en Ronda años después; los Bazán, que fueron fusilados uno en Alicante y otro en Orihuela; Bartolomé Amor, el que dió la carga en 1823 en la Puerta de Alcalá contra los realistas de Bessieres; Francisco Valdés, que ya en Irún había querido sublevarse cuando Fernando abolió la Constitución; Juan Antonio Yandiola, que fué martirizado en el potro; el cirujano don Baltasar Gutiérrez, que fué ahorcado y decapitado con Richart; Francisco Esbriz, el guerrillero fray José y el sargento Plaza, que fueron los tres ahorcados; el cabecilla Chaleco, que fué ahorcado en Granada después de la segunda época constitucional, y además otros desconocidos, como Blas León Veyan, Manuel Santurio, Cayetano Torres, el fraile Moliner, etc. A los que contestaron aceptando les mandamos el plan detallado e instrucciones para formar el Triángulo.
Desde Barcelona nos escribió Illuminati diciendo que había hablado con el general don Francisco Miláns del Bosch, con el comandante con grado de coronel del regimiento de Murcia, don Francisco Mancha, liberal exaltado, y con otros militares como López Baños, el mayor Espínola, el teniente coronel Frichi, el capitán Bacigalupi, y que todos estaban dispuestos a secundar el movimiento. De Murcia, Valencia y Granada las noticias eran buenas.
Ya contando con las cabezas, lo que necesitábamos era gente, y con este propósito nos dedicamos a escribir a los sargentos y oficiales de poca graduación, buscando el atraerles por el cebo del ascenso.
Alguno que otro no entendía la manera de escribir con la plantilla y hubo que explicársela.