Nosotros dos, que formábamos el Directorio, teníamos en la memoria los nombres de los principales conspiradores y de sus números; pero los otros no los sabíamos ni podíamos saberlos, porque precisamente en esta ignorancia de los mismos afiliados, que desconocían quiénes eran sus amigos, estaba la fuerza de la organización del Triángulo.

Se envió el proyecto general. Se proclamaría la Constitución de 1812. Se traería de nuevo a Carlos IV, que ya estaba avisado y pronto a admitir y jurar el Código de Cádiz. Se aboliría la inquisición y se entregaría al fuego sus edificios, se expulsaría a los frailes, se suprimirían las aduanas interiores y se daría un grado y tres pagas a los militares.

Se indicó a los afiliados que hiciesen las observaciones que consideraran útiles.

Por las respuestas vimos que había partidarios de la República, gente ilusa que podía echar a perder nuestros trabajos.

Pasaron unas semanas; la cadena formada por militares y empleados iba aumentando en eslabones. Las cartas con la plantilla abundaban.

Como el mayordomo del conde de Tilly y el joyero Cobianchi comenzaban a extrañarse de tanta correspondencia, decidimos recibirla por otro conducto.

Aviraneta se dió a pensar procedimientos, y se le ocurrió alquilar un cajón de zapatero remendón que había en un ángulo de la calle de Capellanes. En la covacha hizo una ranura y puso por dentro un buzón para recoger las cartas.

Aviraneta llevó un viejo al puesto, que estuvo allí una semana haciendo el paripé, como decía Eugenio, y luego lo despidió.

El cajón del zapatero servía para recoger nuestra correspondencia. Como no estábamos muy seguros de la fidelidad de todos los conjurados, íbamos María, Conchita, Aviraneta y yo a vigilar la calle de noche, y cuando no se veía a nadie recogíamos las cartas. Varias veces tuvimos que esperar hasta muy tarde, porque entre busconas y gente de mala vida que husmeaba por allí podía haber espías de la policía.