Casi me sentía más feliz enfermo, con fiebre, que sano y andando por la calle.
Un día se presentó en mi casa un médico, el doctor Boussieres. Venía de parte de monsieur de Montrever. Me recetó un vino de quina y unas píldoras, y al cabo de poco tiempo me levanté de la cama.
Tenía el aire enfermizo, sombrío y lánguido, que entonces comenzaba a estar de moda.
Fuí a casa de los Montrever a darles las gracias por su atención; y como me recibieron con mucha amabilidad y me instaron repetidas veces a que volviera, adquirí la costumbre de pasar un rato de tertulia en su hotel.
También solía verlos el día de fiesta en la misa mayor de la Catedral, en San Vicente, adonde iban las personas más distinguidas de la ciudad, y yo solía estar arrobado oyendo las armonías del órgano.
V
LA REUNIÓN DE MADAMA DE MONTREVER
La reunión de madama de Montrever se celebraba casi todos los días en un saloncito del hotel, alhajado con el gusto fastuoso del tiempo de Luis XV.
En el salón se habían reunido los muebles antiguos de la casa; en el techo brillaban guirnaldas, medallones y adornos dorados; las paredes mostraban grandes espejos y candelabros de muchos brazos, y sobre la alfombra descansaban consolas y sillones de patas retorcidas. Los escudos de los muebles y paredes se notaba que habían sido raspados y luego vueltos a dorar.