Madama de Montrever gustaba mostrar a sus amigos sus tapices de Beauvais, algunas pinturas buenas y una Venus de Coysevox.

La reunión en el gabinete de madama de Montrever era casi únicamente de señoras y señoritas, y de alguno que otro muchacho joven que iba a galantear a las damas.

Los hombres graves, amigos de la casa, se dedicaban a hablar de política y a pensar en las probabilidades de una restauración de los Borbones.

Unicamente un señor, por cierto no muy simpático, alternaba con la gente joven: monsieur Boisjoli de Beauffremont.

Monsieur de Beauffremont era un hombre de unos cincuenta años, muy currutaco. Llevaba patillas cortas, pintadas de negro, lo que daba a su rostro un aspecto duro; vestía a la última moda: frac entallado, corbata muy apretada al cuello, y usaba un lente, con el cual miraba a derecha e izquierda con marcada impertinencia.

Monsieur de Beauffremont gozaba del privilegio de abandonar a las personas graves y reunirse con los jóvenes.

—Monsieur de Beauffremont ama la juventud—se decía; frase que le hacía torcer el gesto; porque daba a entender que, aunque le gustaba conversar con los jóvenes, no lo era.

Madama de Montrever dirigía su reunión con un arte exquisito: sabía hacer resaltar los méritos de sus invitados y presentarlos ante los demás por el lado favorable.

A pesar de esto, a veces, como cansada de su benevolencia, se entregaba libremente a la sátira, y entonces era capaz de poner en ridículo a cualquiera.

No comprendía esta señora que ser ultrarrealista y burlarse de los reyes, de la aristocracia y hasta de las sagradas prácticas de la religión era un contrasentido. A mí me trataba con mucha amabilidad; bromeaba a mi costa y me llamaba el Caballero de la Triste Figura.