—Tengo un gran amor platónico por Arteaga—solía decir riendo.
Una amiga de madama de Montrever, que bullía mucho en la reunión y que gozaba de gran fama de belleza en el pueblo, era madama de Hauterive.
Madama de Hauterive, hija de un banquero alemán, se había casado con un militar francés y quedado viuda al poco tiempo.
Esta señora, joven aún, de veintisiete o veintiocho años, era muy decidida. Yo comprendía sus encantos; pero no me gustaba.
Tenía una frescura poco elegante, ojos grandes y azules, pelo rubio y una familiaridad excesiva. Se ocupaba ella misma de sus negocios, defendía con tenacidad sus ideas, era algo liberal e imbuída en ideas protestantes.
A mí me resultaba un poco pesada con sus disertaciones sabias acerca de Alemania.
Siempre me figuré que quería imitar a madama Stael.
La de Montrever la llamaba por su nombre, Corina, y ésta a su amiga, Gilberta.
Las dos damas eran las estrellas del salón.
En una corte, madama de Montrever hubiera brillado más que su amiga; pero en una ciudad pequeña la belleza exuberante de la alemana eclipsaba el tipo espiritual y satírico del ama de la casa.