Las otras señoras que acudían a la reunión eran ya damas respetables, y algunas muchachas solteras.

Entre las señoritas, Magdalena Angennes, la sobrina de Saint-Trivier, vivía en pleno romanticismo. Leía los versos de Ossian y tocaba el arpa.

A mí me decía que, a pesar de ser pequeño de estatura, debía llevar bien la espada. Me hubiera gustado presentarme ante ella a caballo y con uniforme.

Otras dos señoritas frecuentaban la casa: la señorita de O'Ryen y la de Harcourt.

La de O'Ryen era la nieta de un francés emigrado, en tiempo de la Revolución, a Irlanda.

La madre de esta muchacha se había casado con un irlandés.

Leopoldina O'Ryen parecía una mujercita muy seria y formal.

Su amiga Margarita Harcourt era muy viva e inteligente, pero coqueta como pocas. Vestía siempre trajes vaporosos y tenía dos o tres novios a la vez.

Madama de Montrever y todas las señoras, al saber que yo sabía música, me hicieron tocar muchas veces la clave, y cuando les indiqué que tenía una guitarra me obligaron a llevarla y a cantar.

Pocos días después, madama de Montrever me dijo que si entre los oficiales españoles de buenas ideas conocía alguno distinguido, podía llevarlo a su tertulia.