Como muchas veces con la desgracia pierde uno los sentimientos delicados y se convierte el más correcto en un hombre sin decoro, yo vacilé en hablar a los compañeros míos, y, por último, le invité a ir a casa de Montrever a un tal Fermín Ribero.
Ribero era un muchacho inteligente y digno, aunque muy poco religioso.
Le presenté en casa de los Montrever, y el primer día tuvo una acogida fría entre las damas.
Yo noté que lo trataban con cierto despego, y pensé sería costumbre en ellas recibir así a un desconocido; pero luego me confesó madama de Montrever, con su ironía burlona, que el poco éxito de mi amigo Ribero entre las damas dependía de que era rubio, con un tipo común de suizo o de francés, y las señoras y señoritas esperaban un español, moreno y lánguido, con aire de árabe.
A pesar de esta primera impresión, Ribero siguió visitando la casa y se hizo amigo de todos. Bromeaba con las muchachas y con las señoras; les contaba historias y murmuraciones del pueblo. Se le llegó a considerar hombre muy divertido.
Un día Ribero me dijo que madama de Montrever le había indicado que él y yo debíamos hacer la corte a la señorita d'Harcourt y a la de O'Ryen, que tenían un bonito dote: doscientos cincuenta mil francos una, y más la otra.
Ribero dijo que él no sentía vocación para casarse; prefería hacer el amor a madama Hauterive o a la de Montrever.
—¿A madama Montrever, estando casada?—le pregunté yo con asombro.
—¡Eso qué importa!—me replicó él, con una indiferencia que me dejó asustado—. Lo que debemos hacer nosotros es dedicarnos a ellas. Tú, escoge. Si tú te dedicas a Corina, yo me dedico a Gilberta, o al contrario. A mí me es igual.
—Amo con toda el alma a una mujer y no puedo hacerla traición ni aun con el pensamiento—le dije.