Su plan era apostar treinta hombres durante varios días en una taberna de Puerta Cerrada.

A estos hombres se les avisaría cuando el rey estuviera en casa de la Malagueña por una ventana de la casa de huéspedes de Aviraneta, que daba a la calle de Cuchilleros.

Desde la guardilla de la calle del Viento podía espiarse de noche la salida del rey. Aviraneta había pensado un sistema de señas por luces. Desde la guardilla de la calle del Viento se veía una torre pequeña de la casa de la familia de Aviraneta, en la calle del Estudio de la Villa, y desde aquí, el tejado de la casa de huéspedes de la Plaza Mayor. De una guardilla a otra era fácil dar una seña con luces, y desde la ventana de la calle de Cuchilleros se avisaría a los conspiradores, que se reunirían en la taberna de Puerta Cerrada. Si se llegaba a matar al rey, se avisaría a todos los conspiradores para que saliesen armados a la calle.

En esto, el número dos del triángulo quinto nos comunicó que tenía la sospecha de que habían entrado traidores en la Sociedad, y que éstos él suponía eran un francés y dos sargentos.

Al saber lo del francés pensamos en seguida en Paulino Couzier; respecto a los sargentos no teníamos pista alguna.

Alarmados, decidimos redoblar la vigilancia; y avisar a los cabezas de los triángulos que esperasen unos días sin comunicar.

Abandonamos el cajón de zapatero y dijimos que el punto para la correspondencia se fijaría de nuevo. Había que esperar una ocasión, sin avanzar ni retroceder.

A mediados de marzo se presentó Aviraneta en mi casa con un tal Arquez, militar amigo de Renovales, que venía de Bilbao.

Arquez se hacía llamar Francisco Ruiz, y otras veces, Jorge Calleja. Era un hombre bajito, grueso, canoso, de cara abultada y picada de viruelas, y la voz, bronca y dura.

Cuando se le explicó lo que se había hecho quedó el hombre maravillado, porque el buen Arquez no se distinguía ni por su inteligencia, ni por su astucia.