Estaban también en la sala, según me dijo Eugenio, el decano de la Inquisición, don Luis Cubero; el fiscal Zorrilla y el inquisidor general, don Pablo Mir.

Antes de que comenzara la sesión entraron un fraile dominico, navarro, grande, abultado, con aire de elefante, acompañado de un frailuco joven e inquieto, de ojos vivos. El frailuco se llamaba el padre Madruga.

Comenzó la reunión diciendo Corpas cuál era el objeto de la Santa Fe, y todos los reunidos dieron su parecer.

La idea general era que había que atacar con mano firme la masonería y la irreligión y poner espías en su campo; algunos indicaron vagamente la opinión de que Fernando estaba vendido a los masones.

—Sí, no ha habido severidad bastante—dijo el dominico navarro; no se ha castigado como se debía a ningún hereje.

—Y el restablecimiento de la Inquisición ha sido una farsa—repuso don Pablo Mir, el inquisidor general—. No se procesa a nadie.

—Hay una lenidad verdaderamente abominable—dijo el fiscal Zorrilla.

—En el Consejo de la Suprema estamos mano sobre mano—añadió el inquisidor general.

El Consejo de la Suprema, que era un centro de consulta de la Inquisición, por lo que me dijo Aviraneta, estaba instalado en la calle de Torija, en una casa de ladrillo, grande, próxima al que luego ha sido palacio de María Cristina.

—Lo mismo que traer a la Compañía de Jesús—saltó el jesuitilla joven—. ¿Para qué llamarla, si no se la dan atribuciones? ¿Para qué hacerla venir, si se la aparta sistemáticamente de la dirección de la juventud?