—Síganme ustedes—dijo un señor con aspecto de criado o mayordomo.
Subimos una escalera de servicio y pasamos a un gran salón antiguo; el techo con artesones; magníficos cuadros y muebles.
—Aquí van ustedes a tener frío—nos dijo el mayordomo.
—Sí, es muy probable.
El mayordomo trajo un brasero repujado en una tarima pequeña, llena de adornos, de cobre; lo puso debajo de la mesa y colocó en una carpeta papel y recado de escribir.
Aviraneta y yo nos mirábamos de reojo.
El primero que llegó a la reunión de todos los invitados fué Corpas, con un señor que debía ser el amo de la casa. Corpas advirtió a Aviraneta que, después de que hablasen los demás, él hablaría con el único objeto de alargar la sesión, para dar tiempo a que nosotros redactáramos las actas.
Yo le miraba a Eugenio; y si no hubiera sido porque en todos aquellos preparativos se sentía algo siniestro, me hubiese dado ganas de reír. Eugenio talló las plumas con gran cuidado, probó la tinta, estuvo admirablemente en su papel.
En esto se presentó un fraile hético, de cara de estupor, los ojos apagados, la nariz roja, el labio superior un arco de círculo que mostraba con una mueca desdeñosa los dientes amarillos; la tez, de color verdinegro, y el tipo, de hombre peligroso y fanático. Era un producto de seminario o de convento digno de un museo de curiosidades monstruosas. Luego llegó un señor sonriente, y después, juntos, un hombre moreno, de aire avinagrado, y otro grueso, de patillas rojas y largas y cara rubicunda.
Fué llegando más gente, entre ellos un jesuíta joven, con acento italiano, de ojos azules, de tez sonrosada y sonrisa falsa. Por lo que me dijo Aviraneta en voz baja, era el hombre de confianza del padre Cirilo de la Alameda, de este intrigante ambicioso, cortesano y bajo, que va apoyándose tan pronto en María Cristina como en Don Carlos, que ha llegado a arzobispo de Cuba y que llegará a Papa si le dejan.