Subimos; el cochero cerró la ventanilla y comenzamos a marchar. Como estaba obscuro, no nos fijamos en que no entraba luz por los cristales. Al dar una vuelta, Aviraneta murmuró:

—¿Por dónde iremos?

Se asomó, pero no se veía nada; bajó el cristal y vió que, cerrando la ventanilla, había una chapa de hierro.

—¿Qué pasa?—le pregunté yo.

—Que vamos presos—me dijo.

Yo me estremecí. Instintivamente buscamos el pestillo de la portezuela; pero no lo tenía por dentro.

—¿Qué hacemos?—murmuré yo.

—Tengamos calma.

El coche, por la dirección que llevaba, debía ir hacia Palacio; dimos luego una serie de vueltas, que nos desorientaron, y debimos salir a alguna ronda. El coche iba dando tumbos; en uno de éstos me apoyé, sin querer, sobre el pecho de Aviraneta y noté la línea rígida de un puñal.

Pasada la ronda, cruzamos por una calle o plazoleta empedrada; entramos en un zaguán, y se abrió la portezuela.