—Pues tráigalo usted. Espérenme ustedes los dos, mañana, a la noche, delante de mi casa, a las nueve.
Me habló Aviraneta de lo que teníamos que hacer. No comprendía yo para qué nos metíamos así en la boca del lobo; pero ésta era una de las grandes voluptuosidades de Eugenio.
Al día siguiente, a las siete, se presentó Aviraneta en casa. Llevaba una levita larga, anteojos, un aire humilde y clerical. Iba un poco encorvado. Parecía un hombre de cuarenta a cincuenta años. Me quedé asombrado.
—Este es el aspecto que llevo siempre a casa de Corpas—dijo él—. Me cuesta trabajo tomar esta actitud. Como ve usted, hasta me pinto algunas canas en las sienes.
Realmente, era una caracterización perfecta. El no verle la mirada, le cambiaba en absoluto.
Cenamos los dos y salimos con el embozo hasta los ojos a la calle. Llegamos a la plaza de Afligidos, frente a la casa de Corpas, y nos paramos. Al poco rato se acercó un coche, bajó el cochero y nos dijo:
—¿Esperan ustedes de parte del señor Corpas?
—Sí, señor.
Pues suban ustedes.