—No los conoce usted. Son compañeros de la infancia; a uno le dicen el Majo de Maravillas, y es de estos trabajadores en hierro que en Madrid llaman chisperos; al otro, Sabino el Gordo, y al otro, el Garroso. La que está dentro de la Sociedad y entusiasmada, al parecer, es María.

—¿Pero qué podemos sacar de esa Sociedad? ¿Para qué mezclarnos con ellos?

—¿Y si ellos se encargaran de despachar a Fernando para traer a Carlos?

—¡Oh! Es imposible.

—Todo es posible. Ahora, barón—añadió Aviraneta—, convendría que desapareciera usted una semana. Múdese usted de casa y llévese usted a Conchita y a María, si ella quiere, y por unos días no salga usted.

—¿Y cómo nos vamos a entender?

—Yo le avisaré a usted todos los días lo que hago. Si pudiera usted encontrar una casa de huéspedes hacia la Plaza Mayor sería conveniente.

—Bueno.

María y Conchita, por indicación mía, encontraron una casa de huéspedes, bastante regular, en la Plaza Mayor, cerca del arco que sale por una callejuela que creo que se llama de Gerona y comunica con la plazuela de Santa Cruz. Estaba la casa alquilada frente por frente de la de Aviraneta.

Yo fuí a la casa en un coche y fingí que estaba malo de unos dolores que no me permitían andar.