—¿Tanto entusiasmo tiene usted por él?—le pregunté riendo, aunque no sentía ninguna gana de reír.

—Mucho.

—Bueno, vamos.

Ella se vistió de hombre, yo me embocé en la capa y fuimos juntos.

Hacía una noche de marzo fría y negra. El aire silbaba en las encrucijadas y hacía oscilar los faroles en sus cuerdas. Atravesamos la Plaza Mayor; luego, la calle de este nombre, y entramos en la del Viento.

Empujamos la puerta, entramos en el zaguán, subimos los noventa y tantos escalones que había hasta la guardilla. María miró por el ojo de la cerradura y no entró. Se quedó en la escalera. Yo llamé con los nudillos.

—¿Quién es?—dijeron de adentro.

—Yo.

—¿Qué santo y seña?

—Marzo, Fernando y Religión.