—Pase usted.
—Entré, y al ver a Aviraneta noté que estaba alarmado.
—Siéntese usted, amigo—me dijo el padre Madruga.
Me senté. Había catorce o quince personas en el cuartucho, alumbrado por un velón. Al lado del padre Madruga estaban Freire, un tal Magaz, hombre pequeñito y rubio, y un gigantón apodado Juan y Medio.
El padre Madruga estaba contento y se sentía hablador y dicharachero.
El padre Madruga era de lo más antipático y repulsivo que puede haber en la clase de frailes.
Era pequeño, negro, de movimientos rápidos y violentos. Tenía los ojos brillantes de un animal selvático, el afeitado de la barba muy azul, la boca saliente, con morro, y los dientes amarillos.
Hablaba con acento aragonés o riojano; salpicaba de latinajos la conversación y era amigo de emplear palabras soeces. Tenía una risa de fraile grosera, plebeya y cínica.
Por dentro era bajo, adulador, cobarde, enemigo furioso de toda novedad y de todo lo extranjero.