—¡Alto! El santo y seña.

—Carlos, Adhesión y Fe—murmuró el fraile.

Al mismo tiempo, con el esfuerzo de recordar, el fraile se serenó un momento; oyó voces fuera hacia la calle, comprendió dónde estaba, y se abalanzó al portal.

Lo detuve yo y forcejeamos. Estábamos luchando, cuando a la luz de la linterna apareció Aviraneta, de pronto, con un antifaz negro en la cara y un puñal en la mano derecha.

—Si das un grito, eres muerto—dijo con voz sorda.

Detrás de él apareció el chispero, también enmascarado.

El fraile lanzó un chillido agudo, tropezó, y temblando, se apoyó en la pared.

—Quitadle él hábito—dijo Aviraneta.

Se lo quitamos.

—Ahora, atadlo.