—A ver si pueden ustedes encender una vela.
—¿Pero qué ha pasado?—murmuró el fraile, temblando.
—Nada; no ha pasado nada. Que yo he bebido demasiado de este aguardiente y no me sostienen bien las piernas y he caído sobre la mesa.
—¿Y Magaz y Freire?
—Se han escapado, tropezando con todo el mundo. Yo no sé lo que han creído.
—Yo también me voy.
—Espere usted que encendamos una luz; no vamos a poder bajar las escalaras si no.
—No; me voy ahora mismo, sin luz.
—Usted quédese en el portal—me dijo Aviraneta.
Aviraneta trajo una linterna, y con una pajuela la encendimos. El Majo el chispero fué acompañando al fraile por las escaleras. María llevaba la linterna. La soñolencia y la torpeza del padre iban en aumento; tropezaba en los escalones; se tenía que agarrar al barandado suspirando. Al llegar cerca del portal Aviraneta indicó al chispero que llevara al fraile hacia el patio. El Majo y el fraile avanzaron, y acercándose a los dos, embozado, gritó Aviraneta: