VIII
LAS PERIPECIAS DE LA FUGA
Marché yo por la calle del Biombo, no muy de prisa, para no dar la impresión de que huía. Iba horrorizado. Al pasar por delante de San Nicolás un embozado me detuvo.
—Alto, ¿quién va?
—Carlos, Adhesión y Fe—contesté yo.
—Adelante. ¿Qué hay, amigo?
—Nada de particular.
—¿Mucha gente por allá?
—Sí, alguna.