—¿Tiene usted un cigarrillo?
—Tome usted.
—Muchas gracias.
Luego me quedé asombrado de poder haber seguido aquel diálogo vulgar en el estado en que yo me encontraba. Tal es la fuerza del instinto de conservación.
Por la calle de Santiago, y luego por la de Milaneses, entré en la Plaza Mayor hasta la escalera que baja a Cuchilleros. Al llegar allí, la puerta estaba entornada. Aviraneta esperaba en el portal vestido de fraile. Me dijo que el sereno le había acompañado, y que él, sintiéndose paternidad, le había contado una porción de mentiras.
Esperamos media hora; no apareció María.
—¿Qué habrá hecho esta mujer?—pensamos—. Sabe el camino. Tenía tiempo de sobra para venir; indudablemente, le habrá pasado algo.
—¿Qué hacemos ahora?—pregunté yo.
—Vamos a casa de usted por el tejado—dijo Eugenio.