Subimos de puntillas las escaleras hasta la casa de huéspedes de Aviraneta; abrió él la puerta, cruzamos un largo corredor y entramos en su cuarto. Abrimos el balcón que daba al tejado, saltamos por encima de la barandilla y comenzamos a marchar por encima de las tejas. Aviraneta, como había bebido mucho y no sentía la necesidad de estar sereno, comenzaba a hacer locuras, reía sin motivo y se le ocurrían una porción de simplezas.
—Verdaderamente—decía—, debe usted estar agradecido de mi invitación a ser conspirador hecha en París, en un baile... Esta es una vida de gato, señor barón...; y todo irá bien si no le dan a uno el golpe del conejo y lo meten en la cazuela.
El viaje fué penosísimo. Aviraneta con el hábito no podía andar. Tropezaba, se caía, se echaba a reír.
De pronto Aviraneta se detuvo, se remangó el hábito y se quedó inmóvil.
—¿Qué le pasa a usted?—le dije.
—No puedo más—contestó él.
—¿Es el alcohol que hace efecto diurético?
—Sí. Pero con este balandrán no me las puedo arreglar. ¡Aquí le quisiera yo tener a Fernando VII!
—¿Para qué?
—Para inundarlo. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?