—¿Qué?
—Proclamar la República desde este tejado.
—La cabeza de usted no funciona bien, Aviraneta. Vamos.
—Espere usted un instante. Voy a quitarme el hábito y a tirarlo a la Plaza Mayor. Que se lo ponga si quiere ese rey de bronce que está ahí a caballo... Yo no quiero hábitos viles.
—No tire usted el hábito—le dije yo—. No haga usted barbaridades. Algún sereno, el que ha hablado con usted, puede verlo.
—Es que con este hábito me parece que me voy sintiendo fraile. ¡Muera el obscurantismo! ¡Salud y República, señor barón! No, barón, no..., no hay barones. Ciudadano, nada más... Todos somos ciudadanos...
—Sí, hombre, sí. Tiene usted razón. Vamos adelante.
Avanzamos unos doscientos pasos más y vimos la ventana de una guardilla que resplandecía.
—¿Qué habrá ahí?—exclamó Aviraneta, interrumpiendo su monólogo.
—Deje usted. ¿Qué importa lo que haya?