Aviraneta se acercó a la guardilla y me llamó con la mano.

Dentro de un cuartucho se veía un cadáver en una caja de madera, en el suelo, rodeado de cuatro velas.

—Voy a entrar a ponerle el hábito del padre Madruga...; ¡ja... ja!..., ¡qué idea!

—No sea usted bárbaro.

—¿Por qué no? Creerán que es un milagro.

—No fastidie usted, Aviraneta. Está usted borracho. Obedézcame usted. Nos va la vida.

Aviraneta se ofendió de que le llamara borracho, y dijo que aunque él era un ciudadano y no un aristócrata, no se emborrachaba.

Seguimos avanzando y llegamos a la guardilla de la casa donde yo vivía. Entramos en ella de cabeza, bajamos las escaleras, abrimos la puerta y pasamos al cuarto. Conchita me esperaba impaciente. Conté yo lo ocurrido y hablamos.

Era indudable que íbamos a ser perseguidos.

Freire y Magaz, en seguida que se viesen libres, darían nuestras señas a la policía y se nos buscaría con ahinco.