No hicimos la menor alusión a la muerte del fraile.

Nos parecía que bastaba que reconociéramos nosotros el hecho para que lo conociera todo el mundo.

Por lo que dijo María, a ella no la había seguido nadie. Al entrar en casa no se encontró tampoco persona alguna.

—En cambio, yo parece que hablé con el sereno ayer noche—dijo Aviraneta.

—Eso me contó usted—repuse yo.

—¿Dije, no que le vi, sino que le hablé?

—Sí, que le habló usted.

—Entonces pueden encontrar nuestra pista.

—No me parece tan fácil.