—Pero, ¿qué crédito cree usted que van a dar a una denuncia anónima?

—Pueden darle alguno. Porque yo, que he tenido siempre el temor de que Corpas nos denunciara, he dejado disimuladamente en su casa, metido entre las hojas de un libro de su biblioteca, los estatutos de la Santa Fe y una lista de conspiradores amigos de Don Carlos. Una maniobra parecida he hecho en casa de Freire, dejando debajo de la estera una serie de facturas de compra de armas. Ahora le digo a la policía que busquen en la biblioteca del uno y debajo de la estera del cuarto del otro. Antes de que Corpas y Freire vayan a denunciarnos se encontrarán ellos denunciados.

—Está bien—dije a Aviraneta.

—Hay que ennegrecer el agua de alrededor—repuso él—. Empezamos a jugarnos la cabeza seriamente.

—¡Y tan seriamente!

—Pero no hay que desesperar.

—Claro que no.

De cuando en cuando íbamos a mirar al balcón de la casa de Aviraneta, que estaba frente por frente de la mía, para ver si abrían las persianas. Esto indicaría que entraban en el cuarto, y de entrar, siempre era posible que fuese la policía.

—¿Usted sabe si cerramos ayer las persianas bien? —me preguntó Aviraneta.