—No; no lo sé.

Otro problema lo tuvimos con el hábito. ¿Qué íbamos a hacer con el balandrán del padre Madruga? Tirarlo era peligroso. Quemarlo, no teníamos dónde.

Por indicación de Conchita decidimos que se hiciera con él un refajo, uno de esos refajos de aldeana pesados que hacen abultar el cuerpo.

María y Conchita se pusieron a coserlo a grandes puntadas, mientras Aviraneta y yo seguíamos discutiendo.

Por la tarde llegó Arquez y le contamos lo ocurrido. El hombre se quedó pasmado con los sucesos que le contamos; le dijimos que teníamos necesidad de encontrar otro rincón donde meternos.

—Mandadme—dijo él—. ¿Qué tenéis pensado?

Nosotros no teníamos nada pensado; no habíamos encontrado aún una solución aceptable. En esto Aviraneta vino con el anteojo en la mano.

—¡Diablo!—exclamó.

—¿Qué pasa?

—Que han abierto las ventanas de mi cuarto.