Cierto que podía ser el viento, o la patrona, que entrara a cualquier menester; pero temíamos que fuera la policía.
—Decidan ustedes algo—dijo Arquez.
—Aviraneta comenzó a pasear por la habitación con la cabeza baja.
—¿Tú conoces los alrededores de Madrid?—preguntó de pronto a Arquez.
—No. Pero puedo preguntar...
—No... no... no. Eso no nos conviene. Yo quisiera que fueras a buscar a un conocido mío, a Santiaguito el Chaval, que vive en la calle del Tribulete, número once, y lo traigas aquí. No preguntes a nadie por la calle: compra un planito de Madrid, que se vende en la librería de la calle de Carretas; mira dónde está la del Tribulete, busca a Santiaguito el Chaval, que es zapatero, ven con él, y de paso echa esta carta al Correo.
Se marchó Arquez, y nosotros dos seguimos en observación de la casa de Aviraneta y de la Plaza Mayor.
La ausencia de Arquez nos pareció larguísima.