—Esperen un momento—nos advirtió.

Esperamos media hora. Al cabo de este tiempo Santiaguito volvió y dijo:

—Entren ustedes. Ahí no les buscará nadie.

Pasamos a un local grande y destartalado. Era la cocina de un horno derruído, donde había un viejo calentándose delante de una hoguera. Saludamos al viejo y nos sentamos. Aviraneta se entendió con él para que nos pusiera de cenar.

Era el viejo un aldeano de ojos azules y pequeños, cara de zorro, mal afeitada, el aire de malicia y socarronería. Se llamaba el señor Juan. Nos dijo que estaba allá al fuego porque tenía gran resfrío.

Hablaba un castellano tan claro y tan sonoro, que a mí me maravillaba; me parecía estar oyendo a un español del siglo XVII.

Después de cenar nos preparó unas camas de paja, y allí nos acomodamos. El viejo se tendió sobre un saco, se echó dos capas encima y se quedó dormido. Yo no pude conciliar el sueño en toda la noche. El recuerdo de los acontecimientos me tenía nervioso, excitado; sólo al amanecer pude descansar un poco.

Al día siguiente, al despertarme, entraba un hermoso sol por la ventana. El cuarto donde estábamos era grande, encalado, con unas cuantas sillas de paja, una mesa de aspas, un arcón y una imagen de la Virgen en la pared.

El señor Juan salió a la puerta con su hacha y rajó unas cuantas maderas viejas; luego hizo fuego y puso dos pucheros a la lumbre.

Comimos muy bien. Me chocó que no apareciese nadie por los alrededores de aquella casa, realmente desolados y tristes.