El señor Juan nos contó historias de su vida de cazador, con su lenguaje castizo y puro.

Se le podía oír como a un libro. Era tal la fuerza de su egoísmo, que, al escucharle, daba la impresión de que habitaba un mundo sin gente. Le gustaba explicarlo todo con una gran profusión de detalles. Nos habló de la vida que hacía en el campo, de lo que comía por la mañana; después, cómo guardaba el tocino en la cuerna (como la llamaba él) y la tapaba con la corcha. Luego contó lo que le habían costado las dos capas que tenía, de las que estaba muy orgulloso.

Por la noche, el señor Juan rezó el rosario con un gran fervor, y los demás le acompañamos.

Realmente, como la preocupación de no ser presos era en todos nosotros tan grande, no se me ocurrió pensar qué oficio tendría aquel hombre.

Un día que el señor Juan abrió su arca, vi dentro una porción de cuerdas muy nuevas, garfios y otros aparatos.

—¿Para qué tiene usted tantas cuerdas?—le pregunté.

—Son para mi oficio—contestó él sonriendo.

No quise ser indiscreto. A Aviraneta, que supuse lo sabría, le dije:

—¿Pero quién es este hombre en cuya casa vivimos? ¿Qué es?