—¿Este? Es nada menos que maese Juan, el verdugo de Madrid—me contestó Aviraneta.
—¡El verdugo!
—Sí.
La noticia me hizo impresión.
—No se lo diga usted a ellas—advirtió Eugenio.
—No, no.
—¿Y se le puede hablar de su oficio?
—Sí; le contará a usted sus ejecuciones como cuenta sus batidas de caza. Igual.
Efectivamente: maese Juan, al preguntarle si era verdugo, me contestó, sonriendo, que sí, y me habló de los hombres que había echado al otro mundo como un médico de sus enfermos o un párroco de sus feligreses. La cosa, sin duda, le parecía natural y sin gran importancia.
Me contó también que había sido pastor en el pueblo y que había venido a Madrid de guarda. Al quedar vacante la plaza de verdugo, él la había solicitado, porque se ganaba más; pero a su mujer y a su hijo les había parecido tan horrible su decisión, que no querían vivir con él.