Maese Juan no comprendía esto, y se encogió de hombros, como quien no se explica una preocupación absurda.
—¿Usía no estaba enterado de que yo era el verdugo?—me preguntó luego sonriendo.
—No.
—Don Eugenio sí lo sabía.
—Sí; don Eugenio, sí.
—Cuando se tiene el oficio de usía, hay que estar bien con el verdugo—dijo filosóficamente maese Juan.
Yo me estremecí.
—Es verdad—dije—, porque el mejor día se está expuesto a entregar a uno de ustedes el cuello.
—Por fortuna—dijo él—, no todos los verdugos son iguales; hay verdugos y verdugos, caballero.