—Cierto. En esa profesión, como en todas, habrá sus más y sus menos.

—Y que lo puede usía decir muy alto, señor, porque parte del oficio depende del material. Y buenas cuerdas, como yo, no hay verdugo que las tenga; pero parte, y perdone que se lo diga a usía, depende de la mano.

—¿Y usted la tiene buena, maese Juan?

—No es por alabarme, caballero; pero creo que para enviar con limpieza a un cristiano al otro mundo no hay muchos que se me puedan poner delante.

—Y, sin embargo, ¿usted no habrá matado a nadie antes de ser verdugo?

—A nadie, señor. Es más: la idea sola de matar me desazonaba; pero cuando entré en las funciones del cargo, cambié y me dije: «Juan, tú no eres un hombre; tú eres la misma Justicia bajada del cielo, que se sirve de tus manos para castigar».

—¿Así que no tiene usted remordimientos?

—¿Remordimientos? ¿Por qué, señor? Cumplo mi oficio lo mejor que puedo.

—¿Y cree usted que con esta profesión ganará usted el cielo?

—Así lo espero, señor; habré de pasar por el purgatorio; pero supongo no será por mucho tiempo.