Alrededor de la ciudad, sobre la muralla de piedra con sus garitas y fortines, se veían dunas de arena rojiza, arenales blancos salpicados por pantanos negruzcos, y muy cerca del mar, arrecifes cubiertos de algas.

No había por allí rastro de vegetación; ni un árbol ni una mata en muchas leguas a la redonda. Era una calma de desierto, un cielo implacable, sin una nube, en el cual únicamente se veían bandadas de cuervos del país, que se detenían a mondar los esqueletos de los caballos enterrados en medio de los arenales. En estos meses de verano la poca gente que quedaba en Veracruz no salía de casa ni aun de noche. Toda la vida comercial estaba paralizada.

Los domingos, en el paseo que había fuera de la puerta del Sur, no se veía en este tiempo a nadie, y solamente algunos vagabundos y ladrones, que allí llaman léperos, dormían tendidos en los bancos.


II
LOS CALAVERAS

Pasamos algún tiempo, casi un año, sin saber lo que hacía Aviraneta, y las primeras noticias que tuvimos de él fueron que estaba hecho un calavera y que se reunía con lo más perdido de Veracruz, con un grupo de unos cuantos españoles y extranjeros en bandada, que se dedicaban a escandalizar el pueblo.

Algunos de los españoles eran militares que habían tomado parte en la guerra de la Independencia y en las conspiraciones liberales; los extranjeros, los gringos, que decían allí, eran restos del ejército de Napoleón, italianos, griegos, polacos, gente de todas castas y condiciones.

Entre los españoles se distinguían el capitán Gavilanes, Arquez, Aviraneta y un bribón llamado Paulo Mancha, que llevaba el monte en una chirlata y que jugaba muchas veces con cartas marcadas.

Estos aventureros españoles alarmaban al pueblo con sus juegos, sus riñas y sus amores y, sobre todo, por el alarde que hacían de irreligión y de impiedad.