—¡Creo que no sabes lo que te haces!

—¿Por qué no?

—Porque aquí no se puede hacer nada durante el verano.

—Ya veremos.

La estación de las lluvias es allí la época del vómito negro y de los mosquitos.

La gente de Veracruz, en estos meses de calor sofocante, se encerraba en sus casas como para un sitio; muchos iban a sus haciendas, otros a Jalapa, villa colocada a bastante altura sobre el nivel del mar y de clima sano.

En nuestras casas nos encerrábamos dentro amos y dependientes, y mi tío Ramón se dedicaba a hacer de médico: al uno le daba un purgante; al otro, un emético. Tenía el negociado de sanidad.

Yo no sé cómo será hoy Veracruz; entonces era uno de los pueblos más malsanos, más inclementes del mundo. La poca gente que transitaba por la calle tenía aire febril; al que no, se le veía pasar irritado, desafiador por el calor y el alcohol.

La ciudad, muy blanca, llena de cúpulas y terrazas de conventos, ardía, calcinada por el sol; las calles, anchas y tiradas a cordel, estaban desiertas; las casas, blancas, se veían herméticamente cerradas, y los miradores y los balcones, vacíos.

Los únicos pobladores del pueblo eran unos pajarracos negros, como cuervos, que allí llaman zopilotes, y que se lanzan desde los tejados a la calle a llevarse en el pico las basuras que echan de las casas.