Los otros dependientes, acostumbrados a la pereza de un país tropical, le tenían como a un hombre extraordinario.

Como allí se ganaba el dinero fácilmente y Aviraneta nos hacía tan buen servicio, le quisimos aumentar el sueldo e interesarle en nuestros negocios; pero él no se entusiasmó; seguía pensando en otra cosa.

Hacia mediados de verano, seis meses después de llegar, me dijo a mí que se marchaba.

Mi tío y yo, suponiendo, por los antecedentes que nos había contado, que pensaría intervenir en la política mejicana, le convencimos de que no lo hiciera.

—España va a perder el imperio mejicano—le dijo mi tío—. Si tú eres un patriota español no te mezcles en esto; será una vergüenza para ti y para nosotros.

Mi tío tenía razón; la correría de Mina el mozo y después la intervención de los masones españoles durante el mando de O'Donojú, acabaron de precipitar la independencia de Méjico.

Más tarde o más temprano, América se tenía que perder. Bien perdida está. ¡Ojalá se hubiera perdido antes!

Aviraneta, al oír lo que le decíamos, replicó que no pensaba ocuparse de política en Méjico; que su idea era explorar las zonas próximas a Veracruz y dedicarse a negocios de minas.

—¿En el verano? ¿En la estación de las lluvias?—le pregunté yo.

—Sí.