—Pero mientrastanto...
—Bueno; mientrastanto os acompañaré. ¿Tenéis muchas horas de trabajo?
—No. El almacén se abre a las nueve y media hasta la una y media, en que se cierra; luego, a la tarde, se vuelve a abrir a las tres y media y se vuelve a cerrar a las seis.
—Es muy poco. Y desde las seis en adelante, ¿se está libre?
—Completamente.
—Muy bien.
Al otro día vino Aviraneta con su equipaje, que en junto era un par de maletas. Se instaló en nuestra casa y empezó a trabajar.
Allá en Veracruz, en mi tiempo, los dependientes de las tiendas llevaban una vida muy regalada. Amos y criados hacíamos siete comidas al día: en la cama, la jícara de chocolate; a media mañana, las once, que consistía en un bizcocho con una copa de vino; a las dos, la comida; a las cinco, nueva jícara de chocolate; a las ocho, otro bizcochito, y a las diez, la cena.
Aviraneta no hizo caso de estas costumbres; comía una o dos veces al día, a lo más, y trabajaba él solo como tres o cuatro personas juntas.